La 26ª cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái tiene a los cuatro líderes compartiendo mesa en medio de las tensiones globales.
Líderes de los países de la Organización de Cooperación de Shanghái posan para la foto grupoLa capital de Kirguistán recibe esta semana a jefes de Estado y delegaciones de una decena de países para la cumbre que conmemora los 25 años de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) en un contexto internacional convulso: guerras abiertas, sanciones económicas, disputas comerciales y una competencia cada vez más profunda entre Estados Unidos y China por definir las nuevas reglas del orden internacional.
Para la OCS, el aniversario no es solamente una fecha conmemorativa. La organización busca entrar en una nueva etapa y avanzar en instrumentos que podrían darle mayor capacidad de acción: desde un banco de desarrollo y mecanismos propios de pagos hasta nuevos espacios de cooperación en materia de seguridad, tecnología y comercio.

El primer movimiento político de la cumbre ya dejó clara la relevancia del encuentro. Antes del inicio formal de las sesiones, Vladímir Putin y Xi Jinping mantuvieron una reunión bilateral en la que presentaron la relación entre Rusia y China como un modelo de cooperación entre Estados y abordaron proyectos en energía, transporte, logística e inteligencia artificial, además del escenario internacional y la guerra en Ucrania.
Pero leer la cumbre únicamente como una expresión de la alianza entre Moscú y Pekín sería reducir su relevancia.
¿Qué es la OCS?
La historia de la OCS comienza en 1996, cuando China, Rusia, Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán crearon el llamado Grupo de los Cinco de Shanghái, un mecanismo destinado inicialmente a resolver disputas fronterizas heredadas de la desaparición de la Unión Soviética. Cinco años después, el 15 de junio de 2001, esos cinco países, junto con Uzbekistán, fundaron formalmente la Organización de Cooperación de Shanghái.
Su primera agenda estuvo marcada por las preocupaciones de seguridad de Asia Central, especialmente el terrorismo, el separatismo y el extremismo. Con el tiempo, sin embargo, la organización fue ampliando sus áreas de cooperación hacia el comercio y transporte así como las finanzas, agricultura y cultura.
El salto cualitativo llegó en 2017, con la incorporación de India y Pakistán. En 2022 se sumó Irán y, en 2024, Bielorrusia se convirtió en el décimo miembro. Esta ampliación cambió por completo la escala de la organización. Aquello que había comenzado como un mecanismo de confianza entre vecinos de Asia Central pasó a reunir a algunas de las principales potencias de Eurasia.
Hoy la OCS está integrada por China, Rusia, India, Pakistán, Irán, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán. En conjunto, sus miembros abarcan alrededor del 65% del territorio euroasiático y reúnen a más de 3.400 millones de personas. Su PIB combinado representa aproximadamente una cuarta parte de la economía mundial.

Más que una declaración política
Alrededor del simbolismo del aniversario, la cumbre trabaja una agenda concreta. Los diez miembros discuten la creación de un Banco de Desarrollo de la OCS y de un sistema de pagos que permita facilitar las transacciones entre los países miembros y reducir su dependencia de la infraestructura financiera occidental, es decir, sin pasar necesariamente por el dólar ni por el sistema SWIFT.
También está previsto avanzar en nuevos mecanismos de cooperación en seguridad, entre ellos un Centro Universal para Combatir los Nuevos Desafíos y Amenazas y una instancia dedicada específicamente a combatir el tráfico de drogas. Estas iniciativas muestran hacia dónde intenta avanzar la organización: convertir los acuerdos políticos alcanzados durante sus primeros 25 años en instrumentos permanentes de cooperación.
Moscú llegó además a Biskek con la propuesta concreta de establecer de manera permanente la exención mutua de visados entre los países miembros. Si bien ese tipo de iniciativas pueden parecer secundarias frente a las grandes disputas geopolíticas, forman parte de la construcción de vínculos económicos, sociales y humanos que hagan más densa la relación entre los miembros. El Kremlin sostiene que el flujo de visitantes bilaterales aumentó un 43% durante el primer semestre del año.
No es una OTAN asiática
La creciente importancia de la OCS ha llevado a algunos análisis occidentales a presentarla como una especie de contraparte de la OTAN. La comparación resulta tentadora, pero es poco precisa. La OCS no es una alianza militar. No tiene un mando militar supranacional ni establece una obligación de defensa colectiva. Sus decisiones se adoptan por consenso y su marco institucional está construido alrededor de principios como la soberanía, la no injerencia y la consulta entre los Estados.
La seguridad, sin embargo, continúa siendo uno de sus pilares. La cooperación contra el terrorismo, el extremismo, el narcotráfico y el crimen transnacional ocupa un lugar importante en su agenda. Según datos de la propia organización, durante sus 25 años de existencia la cooperación entre sus miembros permitió frustrar más de 1.400 incidentes relacionados con terrorismo y extremismo y se realizaron más de 40 ejercicios y operaciones conjuntas contra el terrorismo.
Desarrollo como parte de la seguridad
La evolución de la OCS también puede observarse en la cantidad de ámbitos que hoy forman parte de su agenda. China y la organización han desarrollado plataformas de cooperación en industria verde, economía digital, innovación científica y tecnológica, energía, educación superior, formación profesional e inteligencia artificial.
La conectividad es otra pieza central. Proyectos como el ferrocarril China-Kirguistán-Uzbekistán, plataformas de comercio electrónico vinculadas a la Ruta de la Seda y la red universitaria de la OCS buscan crear conexiones permanentes entre las economías y sociedades de los países miembros. Según datos de la Organización Mundial del Comercio, las importaciones y exportaciones de bienes de los diez miembros alcanzaron aproximadamente 8,88 billones de dólares en 2025.
China en el centro, heterogeneidad y contradicciones
No hay duda de que China es el actor con mayor peso económico dentro de la organización. Su capacidad de inversión, su demanda energética, su posición comercial y sus proyectos de infraestructura le han permitido ampliar considerablemente su influencia en Eurasia.
La relación con Rusia es especialmente significativa. La guerra en Ucrania y las sanciones occidentales aceleraron la reorientación de la economía rusa hacia Asia. China pasó a ocupar un lugar central como comprador de energía rusa y como proveedor de numerosos bienes y componentes que Moscú dejó de obtener con facilidad en los mercados occidentales. Para Rusia, la profundización de los vínculos con China y con otros países de la OCS ha contribuido a reducir el impacto del aislamiento occidental. Para Pekín, al mismo tiempo, la situación ofrece una oportunidad para ampliar su influencia económica y política sobre Eurasia.
La diversidad que la OCS presenta como una de sus fortalezas también constituye uno de sus principales límites. India y China mantienen una rivalidad estratégica y disputas fronterizas, India y Pakistán continúan enfrentados, Rusia conserva importantes intereses en Asia Central, mientras China aumenta su peso económico en una región que durante décadas estuvo fuertemente vinculada a Moscú.
Estas diferencias hacen difícil pensar en la OCS como un bloque homogéneo. Pero su utilidad puede estar precisamente en ofrecer un espacio donde países que no están de acuerdo en todo pueden encontrar áreas de cooperación.
La apuesta china: del “espíritu de Shanghái” a una nueva gobernanza mundial
China presenta la experiencia acumulada por la organización como una demostración de que Estados con sistemas políticos, trayectorias económicas y tradiciones culturales diferentes pueden cooperar sin necesidad de quedar subordinados a un único modelo político.
Xi Jinping planteó en 2025 la Iniciativa de Gobernanza Global (IGG), en un contexto que Pekín describe como una crisis de la gobernanza internacional provocada por el unilateralismo y el proteccionismo. La propuesta china defiende un sistema internacional más representativo y, especialmente, una mayor participación de los países del Sur Global en las instituciones que toman decisiones sobre asuntos globales.
La OCS encaja de manera natural en ese discurso. Su llamado “espíritu de Shanghái” se articula alrededor de la confianza mutua, el beneficio recíproco, la igualdad, el respeto a la diversidad de civilizaciones y la búsqueda del desarrollo común.
En este sentido, Pekín está intentando utilizar la experiencia de la OCS para defender un orden multipolar el que países con sistemas políticos, modelos económicos y tradiciones históricas muy diferentes pueden cooperar sin tener que adoptar un mismo modelo político y Estados que no comparten necesariamente intereses ni valores, pero que pueden encontrar áreas de cooperación.
La organización que nació en 2001 para gestionar problemas de seguridad en una parte de Asia Central es hoy un espacio donde se encuentran China, Rusia, India, Irán y otras potencias regionales. No constituye todavía un bloque político uniforme ni una alternativa institucional completa al sistema occidental. Pero su existencia revela que el centro de gravedad de la política internacional se está desplazando y cada vez resulta más difícil organizar el mundo alrededor de Estados Unidos como único centro de poder.



